EL SUEÑO DE NO MORIR PRIMERO

 

Foto: David Baiberi

―¡Mamá Betty, pero si no le entiendo nada a esa profesora, qué quiere que haga. ―contestó Sonia disgustada, pisando con intensidad un par de hojas secas a su alrededor.

―Tranquila ratica, después de que aprenda factorización uno y dos, ya el resto lo entiende más fácil. ―respondió Betty, tratando de hacerme participe de la conversación que traían cuadras atrás.

12:30AM. Localidad de Kennedy. Suroccidente de Bogotá.

Betty me presenta a Sonia entre el ruido de los buses y el pito de los carros. Le extiendo mi mano para saludarla, y sin mirarme a los ojos me da la suya que siento áspera y más grande que la mía.

Betty debe ir al hospital Militar a visitar a su hijo, así que me deja con Sonia a quien le pregunto por un lugar tranquilo para almorzar.

―Yo sufrí aprendiendo factorización. No te preocupes, que yo estoy dentro de ese grupo de estudiantes que pasó álgebra con Aceptable. Llego hasta raíz cuadrada, si te sirve…

Sonia se ríe sin dejar que me de cuenta, mientras camina y recoge su pelo castaño en el reflejo del vidrio de un almacén.

―¿Cuántos años tiene? ―me preguntó Sonia, entre la multitud que a veces nos separaba.

―Veinte, ¿y tú?

―Dieciocho. Menos mal no contestó “Cuántos me pones”, ¡me da una rabia que me pongan a adivinar!

―¿También te daría rabia tener el poder de adivinar? ―le pregunté.

―Las únicas que adivinan son las brujas y yo no tengo cara, ni poderes ―replicó Sonia―.

Después de recorrer varias cuadras, entramos al restaurante, se sentó a mi lado, y mientras nos acomodaban, me contaba que la profesora de álgebra le caía mal, era la única materia que podía perder sino aprobaba el examen de recuperación.

Sonia, estudia en la jornada de la mañana en un centro de validación, donde le enseñan todas las materias de dos años en un sólo. Está cursando octavo y noveno, y ya está próxima a comenzar el último programa académico para graduarse y ser bachiller.

―¿Qué quieres comer? –le pregunté.

―Algo que no sea carne, tengo una carnicería al lado de mi casa y ese olor me fastidia. ―dijo Sonia incómoda, viendo las fotos de carne en el menú.

Ordenó sin contra tiempo, volteó la carta boca abajo y no demoró en decirme que no quería que le tomara fotos. Prohibido tener imágenes del rostro que se había despedido de la inocencia cuando todavía era niña. Su piel morena conservaba algunas manchas, sus ojos negros eran la evidencia del pasado, y su cuerpo delgado se escondía bajo la ropa ancha que vestía.

―¿Cómo es tú relación con Betty?

―Es parcera. Está pendiente de mí, de lo que me pasa, de todo. La conocí en el Centro Zonal Puente Aranda (dependencia especializada del Instituto colombiano de bienestar familiar para desvinculados). Ella todavía es educadora de allá. Hablamos casi todos los días.

Sonia vivía con su familia en la vereda de Llano Grande a las afueras del municipio el Cocuy en el departamento de Boyacá, un sitio montañoso donde el silencio es la única voz que se escucha y la ruana es inevitable para soportar el frio de un paisaje que cada mañana se cubre de neblina durante el amanecer.

La casa de Sonia, de un día para otro se convirtió en el lugar de estancia para guerrilleros de las FARC (Fuerza armadas revolucionarias de Colombia) obligaron a su padre a ofrecer su pequeña tierra  como lugar de descanso para los combatientes, sino aceptaba, aprehenderían a sus dos hijos hombres para que hicieran parte de la cuadrilla 28 al norte del Caquetá.

Para Sonia, se volvió cuestión de costumbre levantarse en la mañana y ver en el baño de su casa tres guerrilleros haciendo fila para bañarse; llegar de la escuela y ver armas sobre el comedor de la sala; ver televisión en compañía de una decena de ellos; sentarse en la mesa y almorzar con quien había amenazado a su padre si se oponía a prestar su casa; lavar su ropa y ponerla a secar en la misma cuerda donde escurrían agua los uniformes guerrilleros.

Tenía doce años cuando comenzó su fascinación por las armas, se imaginaba siendo parte de las FARC, un día habló con el comandante de la cuadrilla pero fue rechazada, el grupo insurgente no la aceptó.

―¿Por qué no te recibieron en el grupo? ―le pregunté.

―Ellos me decían que querían mucho a mi mamá y que no querían eso para mí, entonces no me dejaron entrar ―explicó Sonia, tocando los dedos de su mano.

―Parece que en tú casa no te faltaba nada. Vivías con tus padres, ibas a la escuela, te alimentabas bien, tu mamá te quería, tenias buena relación con tus hermanos, entonces ¿qué fue lo que te motivo a vincularte en un grupo insurgente?

―Yo no sé, por experimentar. A mí me gustaba, yo veía las armas y quería cogerlas, me llamaban la atención, yo veía como las armaban, las desarmaban, las limpiaban. Yo quería meterme en un grupo y saber si lo que decían, si era así como decían.

―¿Quiénes decían qué Sonia?

―Pues lo que veía en las noticias, que mataban gente, y que la guerra, y que quemaron buses y todo eso… porque ellos se la pasaban en mi casa y pues eran buenos, si me entiende, yo no veía que ellos hicieran eso. Yo nunca vi que ellos mataran a alguien… pero uno si sabía quienes eran los enemigos. ―contestó convencida, mirándome por primera vez a los ojos más de unos cuantos segundos.

―En este punto parece que ya es una decisión ser integrante de un grupo guerrillero. ¿Pensaste en dedicarte a otra cosa?

―No ―responde tajante esperando que le replique. Me quedo en silencio― …pero me gustaba jugar parqués con mis hermanos …le escondía el balón a mi hermano en el techo de la casa para que no me pusiera a jugar Mete gol tapa… ―contestó Sonia, buscando con esfuerzo en su memoria.

―¿Tu mamá sabía que querías entrar a la guerrilla?

―Yo le conté a mi mamá que me quería ir. Ella lloraba y me decía que no me fuera, que me quedará, que eso después era muy difícil que pudiera salir, que no quería que me metieran a la cárcel por estar en eso… mis hermanos se quedaron con ella, son menores que yo―dijo Sonia, en un tono resignado recordando su partida.

―¿Y tu papá qué dijo?

―Mi papá nunca decía nada… un día hice maleta y me fui sin avisarles. ―contestó sin afán mientras nos servían la comida.

Meses después de no ser aceptada, las FARC abandona la zona, sin embargo, Sonia logra vincularse al grupo que ahora tiene el control sobre el territorio, el ELN (Ejército de liberación nacional) fundado el 4 de julio de 1964 en la vereda La Fortuna, municipio de San Vicente de Chucurí, Santander del Sur. Organización insurgente, de carácter político-militar inspirada en el marxismo-leninismo, comprometida según su pensamiento revolucionario con la liberación política y social de las comunidades.

Sonia desconocía la ideología y la estructura del ELN pero no es impedimento para ser recibida el 10 de mayo del 2003 por una de las organizaciones terroristas más hostiles del país. A los trece años hace parte del frente Adonaí Ardila Pinilla, de inmediato la arman con una pistola 9 milímetros, dos granadas y el uniforme.

Los primeros cinco días estuvo acompañada por alias Omar, quien le daba instrucciones de lo que tenía que hacer, comenzó haciendo vigilancia, dos horas en la noche y cuatro horas en el día. Un mes después, la cuadrilla emprende camino a través de rutas especiales y paradas en campamentos de paso, les tomo dos meses llegar hasta el Casanare, donde comienza a recibir órdenes que debe obedecer sino quiere ser sancionada.

―¿Alguna vez te castigaron? ―le pregunté.

―Sí, un día me toco hacer 50 viajes de madera, me acuerdo que estaba lloviendo, y la madera era más pesada― dice Sonia, como si se tratara de una labor corriente.

―¿Por qué te tocó hacer eso?

―Porque dejé el fusil como a metro y medio de mí. ¡Más bruta! Eso era una falta de las más verracas. Y luego a prender esos malparidos palos, y bien mojados, ¿Usted se imagina? Era imposible prender esa vaina y uno tenía que prenderlos o prenderlos. Y eso no fue un día, me tocó una semana completica. ―comentó sin ocultar el orgullo de haber cumplido la punición.

―Sonia, cuando estás en el ELN, y te das cuenta que quizá no es tan interesante como lo pensaste, ¿Vienen en algún momento los pensamientos sobre tu casa, tu mamá?

―Sí claro… ―Se queda en silencio mirando hacia la ventana, sin ganas de seguir hablando. Pasan algunos minutos, y toma un trago largo de gaseosa―.

―Me tocaba dormir en el piso, sobre plástico en el barro. Ya estaba ahí, no me podía salir, la única era escapándome―añadió Sonia, mirando los carros pasar.

Sonia me explica que la relación entre sus pares era tirante, estar con alguien de un rango mayor, en lo posible, facilitaba su seguridad y evitaba peleas que siempre terminaban en amenaza de muerte o en una apuesta de quién moriría primero. Así tuvo que hacerlo varias veces para defenderse de la burla constante de una de sus compañeras por ser la más alta del grupo.

Las circunstancias la presionaron lo suficiente como para buscar la protección de alguien, para ese entonces, Ramiro, comandante del frente en el que se encontraba, mayor que ella por una diferencia de diecinueve años, la pretendía.

―¿Ramiro te gustaba? ―le pregunté.

―No no. Pero qué hacía… además era el comandante, me entiende, yo necesitaba estar con alguien, para que esa malparida me la dejara de montar, además me enteré que estaba cuadrando a otras viejas para joderme, esa vieja me odiaba yo no sé por qué, decía que yo le quería quitar el novio, un tipo más feo. Un día hizo un disparo para asustarme y la castigaron porque uno no podía quemar munición ―replico Sonia, movida por la rabia que le producía recordarlo.

Al año de estar en el ELN, Sonia es llamada por alias “Lucas el mono” para prestar servicio de rarista (manejo del radio), se trataba de uno de los miembros del comando central del ELN.

La  nueva labor de Sonia dentro de la organización, despertó la envidia de las mujeres, manejar las comunicaciones entre los frentes traía sus ventajas; permanecer en un lugar, no cocinar, no hacer guardia, el nombramiento significaba confianza, de la que sólo gozaban pocos guerrilleros.

―Yo no sé porque pero El mono ―como ella le decía― me contaba cosas de su esposa, le daba duro no estar con ella, pero cuando se podía me mandaba a Bogotá a recogerla, y yo se la llevaba. El me daba como un millón de pesos, me decía que sacará los gastos de ahí, y que la plata que sobrara era para mí, igual yo problema de papeles no, los tenía en regla―comentó pasando el plato a otra mesa como señal de haber terminado.

―O sea que ya no dormías en el piso ―le dije.

―No, en la selva, había un casa de tres pisos, pero chiquita y yo tenía mi propia pieza, ahí guardaba mis cosas, era el único lugar donde podía guardar algo, porque donde diera papaya me cogían el radio, y me envalaban con el jefe para hacerme quedar mal. Ese radio y la pistola dormían conmigo, como no cargaba fusil.

―¿Tuviste conversaciones con él sobre la ideología del grupo? ―le pregunté.

―El socialismo. Que todos fuéramos iguales, que tuviéramos lo mismo.

Ya cumplía un año y medio en el ELN, y era reconocida como la mano derecha de “Lucas el mono”. Estaba encargada de organizar las citas con alcaldes, civiles con influencia económica o comandantes de otros frentes, todas las reuniones se llevaban a cabo en la selva, cerca de Salinas Casanare.

Ella sostenía esporádicamente relación con Ramiro luego de su traslado. Seis meses después se encontró con él en un campamento cerca a Salinas, los separaba un municipio que no quedaba lejos de la casa de tres pisos donde ella vivía, en ese entonces, aunque Sonia tenía un lugar importante en la organización, pensaba en la idea de retirarse. Cuenta con una expresión de angustia en su cara que todos los días llegaba a su mente la frase que escuchó y repitió muchas veces: ¡A que se muere usted primero!

Entre la incomodidad y la soledad de la selva, Sonia comienza a tener relaciones con Ramiro sin ninguna protección, con el propósito de quedar embarazada y ser expulsada automáticamente del grupo.

―Yo lo intenté varias veces y no quede embarazada― comentó resignada, en voz casi inaudible.

―¿Planificabas?

―No. Ya estaba aburrida, me quería ir. Y eso que nos daban charlas de planificación, médicos, les pagaban la carrera en las universidades.

―¿Médicos guerrilleros?

―Sí, los mandaban y ellos prestaban el servicio para la guerrilla.

Nunca estuvo en combate, sin embargo, en las selvas colombianas, fue testigo del idilio de un secuestrado político con el que estuvo nueve meses y de quien prefiere reservar el nombre, pero al que dice, intentó ayudar más de una vez, pero hacerlo le podía costar la vida. Sonia no quería traicionar al comandante y de ser sorprendida la matarían, cada vez que quería ayudarlo pensaba que iba a morir primero.

Le llevo la comida un par de veces, y le prometió ayudarlo, pero cuando veía que la conmovía la situación, se alejaba de él.

Llevaba cinco años en cautiverio. Sonia cuenta que cuando exigieron dinero a su familia por el rescate, no se pronunciaron al respecto. Pasaron unos días y el frente debía movilizarse a otro campamento, un día antes de irse, “Lucas el mono”, le pidió que cavara un hueco grande para esconder el armamento que debía dejar para el grupo que venía en camino.

―Me mandaron a mí para que le ayudara al “Negro” a ponerle las botas al secuestrado porque ya nos íbamos. Lo sacamos de la trinchera, yo le puse las botas porque él siempre estaba amarrado… El negro le apuntaba mientras tanto para que el otro no se fuera a escapar… Le dijo que hoy le tocaba baño que si no estaba feliz… Yo iba adelante del secuestrado y el “Negro” iba atrás de nosotros, como siempre se hacía cuando uno los sacaba de ahí para bañarlos… caminamos harto, ya estábamos como lejos del campamento, a mí se me hizo raro, y luego pensé: Nos van a matar, se dieron cuenta que iba ayudar a este man… De una me volteé hacia atrás para decirle al “Negro” que la manguera no iba a alcanzar hasta ahí para que el otro se bañara, y me gritó: ―¡No pare, ande haber!― Cuando me contestó así, me entró un miedo, yo sentía que el cuerpo me andaba solo… y apenas me volteé de nuevo para seguir caminando, escuché el totazo del tiro, y me quedé quieta, no me movía, yo pensé que me lo habían dado a mi porque yo sentí un vaina por dentro… ―se le quiebra la voz― El negro me grito desde lejos ―¡SONIA! échelo al hueco―.

Toma aire entre el sollozo de sus llanto, con el dolor que le producía contarlo y con la satisfacción de saber que no era ella la que habia muerto.

―Se fue y me dejo ahí sola con él…  Yo lo tapé con ramas y me fui, luego se dieron cuenta que no lo había metido pero no me dijeron nada… Le dieron un tiro en la cabeza ―comenzó a llorar de nuevo, procurando disimular la angustia que le oprimía el pecho.

―¿Y si te hubieran mandado a ti a hacerlo?

―No lo hubiera hecho. Y si no cumples una orden te matan, entonces hubiera preferido morir en vez de matarlo, yo no soy capaz de matar a alguien, sabía que me iba a tocar y por eso me quería salir. Yo estaba era demorada…

Ese día, Sonia decide salirse del grupo guerrillero. Intenta escaparse pero es complicado y sabe que ipuede morir en el intento. Se encuentra varias veces con Ramiro para quedar embarazada, evade los obligatorios métodos de planificación exigidos por el grupo insurgente, diciendo que ella misma se tomaría las pastas.

―Ellos me las daban y yo la desaparecía, las enterraba al pie de los árboles. Yo le pedía mucho a Dios que quedará embarazada. Un día sentí un dolor en el estomago, y me llevaron al hospital de Salinas, y dijeron que era apendicitis, y que me iba a morir porque la enfermedad ya estaba avanzada― comentó Sonia.

La llevaron al Hospital regional de Duitama, el 26 de noviembre. El comandante, le envió una mujer para que cuidara de ella.

―Al otro día yo estaba de cumpleaños, y el médico entró donde yo estaba a ver como seguía, y me dijo que no tenia apendicitis que estaba embarazada―

―¿Cuánto tenías?

―Un mes… pero estaba plana.

Un día, la policía visitó el hospital, y preguntó por Sonia. La persona que estaba a cargo se enteró y desapareció. Sin saber cómo, explica Sonia, la policía recibió un informe por parte de los médicos que al parecer también colaboraban con la guerrilla y no fue capturada.

Los médicos del hospital, ubicaron a la madre de Sonia con la información que ella les había dado. Hacía más de un año no veía a su familia, su mamá llegó hasta Duitama Casanare, la recogió y regresó con ella a casa. Pasó navidad con su familia y el 6 de enero del 2002 acompaña a su mamá a comprar un par de víveres al pueblo, es vista por un exguerrillero del ELN reintegrado en el ejército colombiano, quien afirmó que aún Sonia no estaba desvinculada, por lo que el ejército de la zona la capturó.

Tras un par de días se comprobó el embarazo de Sonia en el batallón donde permaneció encerrada, y donde dice haber recibido un trato agresivo por parte de los soldados que pensaban que su embarazo era una excusa para salir rápido.

Es enviada desde el Cocuy Boyacá al Bienestar Familiar en Bogotá, más específicamente al Centro Zonal Puente Aranda donde permaneció casi ocho meses. Allí es encontrada por Ramiro (padre del hijo que esperaba y actual desmovilizado que se entregó cuando se enteró del embarazo de Sonia). Finalmente es enviada a un hogar tutor por tres meses. Nace su hijo en el Hospital del Tunal y se va del hogar tutor por no mantener las mejores relaciones con la tutora.

―Cuando te encuentras con Ramiro, ¿Cuál fue tú actitud? ―le dije.

― Normal, yo le había cogido fastidio, yo creo que por lo del embarazo, como yo lo hice para salirme del grupo. Esté o no esté me daba igual.

Sonia López firmó la ayuda de Hogar Independiente. Lleva dos años viviendo con Ramiro pero vive inconforme por la diferencia de edad. Su hijo de dos años se llama Andrés y está en el jardín. Tienen un restaurante con Ramiro gracias a un subsidio que le otorgó el estado, pero a ella no le gusta el negocio. Dice que no sabe como dejar a Ramiro y reconoce que está con él por interés.

Hablamos de trivialidades por un rato y luego le pregunté

―¿Cuál es tu sueño?

Calló un silencio estremecedor sobre la mesa, permaneció muda con sus manos juntas sobre la mesa. Levantó su cabeza y la movió hacia los lados haciendo un no.

―Mi sueño allá… no morir primero. ―Ni sus ojos ni los míos resistieron la salida de las lágrimas, nos quedamos allí, sintiendo la impotencia de no poder olvidar el pasado, mis manos abrazando las suyas, resistiendo el peso de los años que se habían convertido en la vida que eligió entre la ingenuidad y los azares de la guerra.